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jueves, 2 de junio de 2011

Lepidoptera.

Yo alguna vez debí sentir mariposas libres en el estómago.
De esas que están ahí sin necesitar de razones para pagar su estadía,
eran aquellas diminutas las que indicaban que ya la existencia era más compleja
pues sensorialmente percibíamos al mundo como la página de un buen libro.
Con el tiempo algunas emigraron, seguramente por el frío invierno en mis paredes.
No han regresado aún aquellas libres mariposas, ya no chocan en mí sus alas,
humildes y nobles envían remplazo para asegurarse que no marchite vacía y
hueca pero, aún, no he logrado cumplirles siendo quien permite que se escapen
por las rejas abiertas de mi voluntad gastada y repleta de finos barrotes.

Hay momentos en que me alimento de suspiros y trago nubes con formas,
se que hay algo aún intentando agitarse pero inminentemente caen sin éxito.
En casos más afortunados se marcan en la piel las huellas de las polillas, una
versión monocromática ante los monólogos de mi conciencia de matices ya grises.
Siempre creo que volverán las libres alas dispuestas en pares, pero luego,
en silencio entiendo que nunca serán libres pues ya las razones son disolventes.

Las próximas serán del color que escoja, de peso necesario para sentirse pero,
también ligeras para mudarse en cuanto la cosa se haga utópica. Esa emoción
eterna ante lo desconocido se refriega en el agua sucia de las experiencias  
previas que nos condicionan como murallas altas para soportar algunos golpes.

Ahora que lo pienso nunca me gustaron las mariposas, siempre temí por ese
polvo que sueltan en su vuelo, de pequeña creía que causaba ceguera crónica,
Quizás desde que nací o antes, ya genéticamente me prepararon para temer no
solo al animal sino a lo que ellas significan en una sociedad ansiosa de metáforas.

Yo no quiero mariposas… Yo quiero golondrinas que picoteen las entrañas donde
el verdadero amor se aloja, ese que sale de tan profundo que aunque pase el
tiempo no emigra ni se fuga, no se evapora ni se vuela, Ese que no requiere de
colores o alas en pares, ese que nos recuerda que estamos vivos entre pequeñas
muertes. Un amor de golondrinas que se alimente de letras y en donde las plumas
cosquilleen la conciencia por minutos perdidas y donde las alas torpes se
tropiecen por el espacio limitado, pero, que en conjunto con mi itinerante
esperanza convivan hasta compartir el lecho. Eso quiero para mi, egoísta como
siempre.
  




                                  
                                   

2 comentarios:

  1. Muchas veces el egoísmo es una manifestación de nuestra auto-defensa...
    Aún así a mi también me gustaría un poco de ese egoísmo...y una concepción del amor diferente, casi como tu último párrafo...
    Un placer leerte...
    Saludos, y un abrazo grande...

    Anabel...

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  2. Gracias por pasearte por acá y tomarte unos minutos para leerme! Y en efecto, las autodefensas, en este caso el egoísmo,son manifestaciones que muchas veces desembocan en la autoflagelación. Queremos amor, uno distinto,pero también en ocasiones renegamos de el al condicionarlo. Supongo rara vez logramos estar conformes. Saludos y ya te he seguido por el Tw para seguir leyéndonos!

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